¿Qué es educar?  

Educar es preparar al individuo para determinado propósito social. 

Los hombres han sido educados para ser buenos súbditos, buenos esclavos, buenos frailes, buenos artesanos, y últimamente para ser buenos ciudadanos: unas veces son las condiciones sociales; otras veces la escuela; pero siempre encontramos que el propósito de la educación es modelar a los hombres para el desempeño de una función social. 

Las escuelas monárquicas se proponían formar buenos súbditos; las escuelas teológicas buenos sacerdotes; los despotismos se empeñan en formar soldados y solamente los pueblos civilizados procuran formar buenos ciudadanos; es decir, hombres y mujeres libres, capaces de juzgar la vida desde un punto de vista propio, de producir su sustento y de forjar la sociedad de tal manera que todo hombre de trabajo esté en condiciones de conquistar una cómoda manera de vivir. 

Este es el tipo de hombre que tratamos de crear en México, y ese ha sido el propósito de nuestra reforma educacional. Teniendo, pues, en cuenta, claramente, el propósito que antecede, examinemos los métodos que estamos poniendo en práctica para cumplirlo. El medio: escritores y educadores del viejo tipo científico expresaron, con frecuencia, la opinión de que nuestro pueblo, particularmente el indio y la clase trabajadora, constituían una casta irremediable, supuesto que siendo el hombre un producto de la herencia y del medio, el mexicano auténtico no tenía esperanza de redención, porque su ángulo facial no correspondía a tales o cuales normas propias del tipo escocés o noruego, y, además, las circunstancias ambientales en que se verificaba su desarrollo, eran de la peor clase. 

Pero estos mismos teóricos solían afirmar, asimismo, que toda esta población oprimida era totalmente incapaz de derrocar el despotismo militar y económico de Porfirio Díaz, el de la mano de hierro. Y, sin embargo, sucedió que Porfirio Díaz, y todo su ejército, y todos los aristócratas y oligarcas de su época, fueron derrotados en el campo de la batalla, a la vez que sus métodos de gobierno caían en completo descrédito. 

Desde entonces nos hemos dicho, recordando el Evangelio, más bien que las largas contradicciones y obtusas afirmaciones de la pedantería científica, que todos los hombres son hijos de Dios y que todas las razas son o pueden llegar a ser aptas. Algunas sobresalen en determinadas aptitudes y otras se distinguen por aptitudes diversas; pero importa al progreso y mejoramiento del mundo que todas las razas y todos los hombres sobrevivan y conquisten libertad económica y política, a fin de que puedan lograr la expresión total de sus almas. 

De suerte que, apartándonos de las hipótesis sociológico-científicas, y provistos de una buena dosis de sentido común y con algo de inspiración cristiana, nos hemos dicho a nosotros mismos: este medio que nos rodea es un obstáculo para la salvación del pueblo. Sí, la ciencia tiene razón hasta este punto; pero de ello solamente se deduce que es necesario transformar el medio, y en contradicción de las ideas spencerianas, que ven en el hombre un producto del medio que lo rodea, hemos adoptado la doctrina formulada hace más de cien años por Simón Bolívar cuando dijo, refiriéndose al porvenir de las naciones latinas de este Continente: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. Creemos que hoy, como ayer, el hombre puede convertir el medio a sus aspiraciones, ya que la civilización, desde su comienzo, no es otra cosa que la victoria periódica del hombre sobre las circunstancias que lo rodean. 

En consecuencia, estamos empeñados en cambiar la vieja organización social para dar lugar al crecimiento de un futuro mejor. En antiguo régimen: … los políticos de la época de Porfirio Díaz decían: “¿Qué objeto tiene educar las masas? Si aprenden algo, exigirán mayor salario y más libertades, y esto trastornará las condiciones sociales. De suerte es mejor dejarlos como están y, si es necesario, que perezcan; peroque se salven la situación existente y la paz y el crédito de México”. Con esta situación a la vista, yo pregunto a cualquier educador norteamericano: ¿Qué habría usted aconsejadopara salvar a un pueblo sometido a tan cruel explotación? Pregunto a cualquier ciudadano americano ciudadano de verdad: ¿Qué haría usted si no pudiese ser agricultor en su propio país, si todas las tierras de EE.UU. estuviesen en poder, por ejemplo, de mil familias, que no las labrasen o las labrasen insuficientemente, en tanto que la mayoría del pueblo casi perecía de hambre? “Impónganse contribuciones fuertes sobre el latifundio”: ya sé que esa sería la respuesta. 

Pero si se pretende decretar contribuciones, es necesario, primeramente, conquistar el poder de los terratenientes para ponerlo en manos del pueblo. Cuando algunos de nuestros enemigos nos proclaman bolchevikes, siempre podemos contestar con los hechos: “En realidad somos un Estado feudal que trata de modernizarse”. En verdad estamos tratando de implantar un régimen agrario semejante al que existe en Ohio, en Nueva Inglaterra o en las Dakotas. Y si Kansas, con sus millares de cultivos feraces, es bolchevike, entonces nosotros también deseamos serlo”. Volviendo al asunto educativo, diré que estamos procurando transformar el medio en que nos rodea para que pueda producir hombres mejores; estamos cambiando el régimen agrario para poder tener, no simplemente habitantes, sino ciudadanos y hombres. Y no vacilo en afirmar que la base de nuestro sistema educacional reside en una mejor distribución de la propiedad y de los productos del trabajo. Una resolución justa del problema económico es el primer paso de la reforma educativa. Si, nuestra finalidad es, como la he definido anteriormente, crear hombres libres y no esclavos. 

Nuestros métodos: la Revolución, transformada en Gobierno, está empeñada en resolver los problemas económicos del país. El pueblo elige sus funcionarios y dicta sus propias leyes; el promedio del bienestar material del pueblo ha mejorado sensiblemente; sin embargo, nuestro progreso es lento porque trabajamos en medio de las ruinas y los errores de siglos de mal gobierno y de los últimos 10 años de guerra. A pesar de ello, una poderosa corriente moral mantiene alerta las conciencias, y puede afirmarse que cada quien se da cuenta de las exigencias del momento y se apresta al cumplimiento del deber. 

Así se explica que gentes que casi tenían olvidados los deberes del Estado, por lo que hace a educación, prestan actualmente todo su apoyo a un gobierno que por la voz del presidente Obregón, el más distinguido militar de la Revolución, ha proclamado la necesidad de licenciar soldados y reclutar maestros, de cerrar cuarteles y abrir escuelas. Millares de soldados han regresado ya a la vida civil, y millares de maestros trabajan como soldados del progreso en las ciudades y en los distritos rurales; y aun en las más remotas comarcas indígenas, centenares de misioneros, con carácter oficial, y otros como voluntarios, trabajan entre los ignorantes para enseñarles a leer y escribir, buenas costumbres y métodos de trabajo más eficaces. Estos maestros misioneros preceden el trabajo de la escuela y lo preparan, y ya han logrado despertar el interés de toda la población en favor de la educación pública… 

Se ha tratado de fortalecer el decoro de los maestros y el sentimiento de su propia responsabilidad, concediéndoles, en la generalidad de los casos, el derecho de elegir candidatos para las jefaturas de departamentos y dirección de escuelas; pues hemos juzgado que si nos proponemos educar hombres libres, debemos empezar por hacer maestros libres. Lo que equivale a decir: páguese a los maestros lo más que sea posible y permítaseles que se organicen según su propio saber y experiencia: un saber y experiencia que será superior, por lo menos, al criterio del político o de los Consejos Ejecutivos que en otras partes manejan los colegios (…) 

José Vasconcelos




FIN DE LA ENTRADA

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